Crónicas Hispánicas del siglo XXI

La visión hispanoamericana de la actualidad mundial desde diferentes puntos del planeta

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De Cataluña y alrededores

Posted by aescalante en noviembre 11, 2006

Érase una vez un lugar sobre cuyo nombre nadie se pone de acuerdo. Unos le llaman Comunidad Autónoma. Algunos prefieren hablar de País. Otros dicen que es una nacionalidad histórica. Hay quien incluso sostiene que es una realidad nacional y muchos sólo lo conciben como Nación. Pongamos que se llama Cataluña.Durante más de dos décadas, los habitantes de ese lugar confiaron el poder a un hombre llamado Jordi y apellidado Pujol. Él fue el encargado de gobernar el crecimiento en democracia de una sociedad que se había sentido francamente perseguida bajo el yugo y las flechas de un señor de Ferrol que mandó desde Madrid demasiado y durante demasiado tiempo. Un día Jordi Pujol tomó una decisión tan esperada como crucial: no seguiría más en su privilegiado despacho desde el que no sólo había dirigido los designios del lugar. También había sido actor principalísimo en el devenir de otro lugar llamado España.

Un escalofrío recorrió la columna de mucha gente que no había conocido otra forma de gobernar. ¿Qué pasaría ahora? ¿En qué manos quedarían? Todas las incógnitas quedaron resueltas en unas elecciones ganadas por el sucesor elegido por Jordi Pujol que, sin embargo, no heredaría el sillón presidencial. El otro gran aspirante, más hábil en las
negociaciones posteriores, pactó con una fuerza que hasta entonces había sido radical pero que, sin dejar de ser minotaria, se convirtió en decisiva. A ellos se sumaría un tercer partido para cerrar el círculo de lo que pasó a ser conocido como El Tripartito.

La aventura de ese gobierno comenzó mal. A los pocos meses, su segundo de a bordo – nacionalista republicano y de izquierdas- fue expulsado por el nuevo presidente (Pascual Maragall –que forjó su prestigio político y ciudadano como mandamás de la principal urbe del lugar a la que llevó a su momento de máximo esplendor allá por el segundo año de la década de los 90-). ¿El motivo? Un periódico abecedario desveló una reunión en Perpiñán con la banda terrorista ETA. Ése fue el primero y para muchos el más grave escándalo de un experimento que nació, vivió y murió para su proyecto estrella –casi único- que se resume en cuatro sílabas y ocho letras: Estatuto.

Ese documento fijaría las reglas del juego y zanjaría negro sobre blanco debates como el del comienzo de este relato -¿Cómo llamamos al lugar?- y otros derivados. Durante meses, los socios gobernantes y los herederos del ex presidente hablaron, pactaron, se pelearon, hicieron las paces y volvieron a discutir en un proceso que parecía no tener fin. Un día alumbraron una criatura que contentaba a todos pero que debía aprobar su examen definitivo a cientos de kilómetros de allí, en Madrid.

Comenzó entonces otro proceso similar de buenas palabras, puñaladas, inquinas, promesas, traiciones y algún que otro acuerdo. Pero todos los indicios apuntaban hacia un bloqueo que nadie supo superar. De repente, el supremo hacedor español se remangó y puso en marcha su plan para evitar el fracaso, sabedor de que buena parte de su futuro
dependía también del éxito de ese plan. Invitó a cenar a casa al hombre que no pudo mantener el despacho de Pujol y le ofreció un plan que todo el mundo interpretó así: Tu rebajas tus exigencias a niveles asumibles para los dos. A cambio te dejo aparecer como vencedor de la negociación y te ofrezco la cabeza de mi hombre en Cataluña para que
no te vuelva a cerrar el paso hasta la presidencia. Y así se hizo.

El Estatuto fue aprobado por las Cortes –con fuertes críticas y con la oposición incluso de uno de sus creadores, los nacionalistas republicanos de izquierdas- y luego ratificado a duras penas por los catalanes –muchos optaron por pasar un día de playa-. En ese momento, El Tripartito murió. Pasó a ser Bipartito y sólo la respiración asistida le mantuvo vivo hasta las nuevas elecciones.

Se repetía el escenario con dos grandes rivales y un tercer partido aspirante a volver ser clave para el futuro. Se esperaba un castigo a los escándalos y luchas fraticidas de El Tripartito, y que los que la última vez se quedaron con la miel en los labios amortizaran la
inversión de su cena palaciega. Había otras luchas, pero sin aspiraciones reales de entrar en el nuevo Gobierno como se confirmaría luego. Hablamos de un partido llamado Popular con el que todos juraron –por escrito, para que nadie tuviera dudas- no pactar nunca. Vade retro.

Hecho el recuento de votos, los pactos volvían a ser obligados y el abanico de posibilidades idénticos a los del pasado. Con una diferencia. Los herederos de Pujol (que mejoraron sus resultados) tenían un acuerdo con Madrid que les garantizaba que esta vez nadie les privaría de regresar al poder. Empero, la marioneta creada por el gobernador monclovita (que había perdido cinco escaños), cobró vida propia. Su única opción para ser presidente y no morir políticamente era resucitar El Tripartito. Así lo hizo en una operación relámpago,
aunque para marcar diferencias con sus antecesores, decidió llamarlo Gobierno de Entesa (que en la lengua local significa Entendimiento) y restituir como número dos al que fuera expulsado al inicio del anterior mandato.

El Gobierno de Entesa

Como puede suponer el lector, los que se habían vuelto a quedar con un palmo de narices montaron en cólera. Protestaron y retiraron su apoyo fiel a Madrid. Clamaron contra lo que consideraron una traición y prometieron venganza.

Pero, aunque parezca que todo ha cambiado para que todo siga igual, ha comenzado otra historia que sólo el tiempo dirá si tiene futuro o es un espejismo. Un partido neonato, con meses de vida, ha logrado introducir tres representantes en el Parlamento. Se hacen llamar Ciudadanos y reivindican poder sentirse a la vez españoles y catalanes, hablar castellano y catalán y preocuparse más por los problemas de la gente que por el nombre del lugar llamado, pongamos que Cataluña. Fin.

Alberto.
Madrid, 11 de noviembre de 2006

PD: Octubre ha sido el mes más lluvioso en España desde 1930, según el Instituto Nacional de Meteorología

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